CARIETTA WHITE - SK one

CARIETTA WHITE
SK one


Carrie
Carrie
Carrie
Título:
Autor:
Tipo:
Páginas:
Carietta White. SK one
Fernando Fontenla Felipetti
Resumen de novela comentado
20

Novela: Carrie
Primera edición: 5 de Abril de 1974
Extensión: 66.000 palabras
Personajes:
Carietta White - Margaret White - Sue Snell - Tommy Ross -
Chris Hargensen - Billy Nolan - Miss Desjardin

 

Vuelvo a ver a Carrie frente a mí. Me sonríe. Me habla. Se enfurece y lanza cosas al aire. ¿Es un personaje? A esta altura, treinta y tantos años después de haberla conocido, no tengo dudas de que fue una persona real.

¿Vamos?

“Noticia publicada por el semanario Enterprise de Westover, Maine, el día 19 de agosto de 1966:

Lluvia de piedras en Chamberlain. Fuentes fidedignas nos informan que el 17 del presente se produjo una lluvia de piedras en la calle Carlin, en circunstancias en que el cielo se presentaba totalmente despejado. Las piedras se precipitaron principalmente sobre el inmueble que habita Mrs. Margaret White. Causaron considerables daños en el tejado y estropearon dos canalones y un tubo de desagüe. Los destrozos fueron evaluados en 25 dólares. Mrs. White es viuda y vive con su hija, Carietta de tres años de edad. Nuestros esfuerzos para localizar a Mrs. White resultaron infructuosos.”

Parece ser que así empezó todo: con un recorte de un diario de una noticia absurda. Nadie podía imaginar —ni el autor— de hasta donde llegaría.

Carietta White —Carrie para nosotros— tenía superpoderes. Podía lanzar cosas a la distancia y otras habilidades de las que ya hablaremos en detalle. Pero no era una superheroina, no era buena, no al menos del todo, y no podía serlo porque había sido acosada sistemáticamente desde niña por la persona menos indicada para acosar a alguien, por el estrecho e ineludible vínculo que une a una persona cualquiera con su madre.

¿Madre mala, hija buena? Suele pasar.

¿Madre mala, hija mala? También hay de esto.

¿Madre mala, hija con baja autoestima y vengativa? Bueno…

Su madre, Margaret White, era una fanática religiosa, pero no una cualquiera. Como ninguna iglesia llegaba a satisfacerla, celebraba servicios religiosos de dos o tres horas de duración en su propia casa, los martes, viernes y domingos. Ella era el pastor, y Carrie, los fieles. Muchas cosas, demasiadas cosas, eran pecado. Una de ellas era ducharse junto con las compañeras de escuela. Carrie, por supuesto, no le contaba a su madre que hacía eso. Mostrar el cuerpo desnudo era una invitación a la lujuria y a la perdición. Por ese motivo, había tenido un gran altercado con la vecina de al lado cuando Carrie tenía tres años de edad. La hija de la vecina tomaba sol en bañador. Un día se despertó de la siesta y vio a Carrie mirando de cerca —no había límite entre las casas— los senos de la vecina. Después de gritarle mil improperios a la vecina, el más suave de ellos: puta del demonio, había encerrado a Carrie en el armario. La niña estaba muy asustada porque su madre gritaba enloquecida. Fue entonces cuando habían volado los muebles y caído las piedras sobre la casa.

Del padre de Carrie poco sabemos. Sólo que murió antes de que Carrie naciera y que siempre llevaba con él dos cosas: una biblia para leer en la hora de la comida y una 38, por si llegaba a cruzarse con el anticristo. Cerca de la hora de su muerte, la madre de Carrie diría que habían logrado vivir sin caer en el pecado de la carne, con excepción del día en que él había llegado oliendo a Whisky y la había mirado con esos ojos de lujuria. Ese día ella había claudicado y pecado. Como consecuencia de eso había engendrado a una niña maldita.

“Carrie White come mierda”

Es lo que apareció escrito en un pupitre de la escuela primaria de Chamberlain. Entonces, si eso opinaban los compañeros de escuela primaria de Carrie. ¿Qué podríamos esperar de los de la escuela secundaria? La cosa empezaba a calentarse.

Como para presentarla en sociedad, podemos ver a Carrie duchándose en el baño de la escuela secundaria. Un baño que no tenía duchas separadas. Carrie sabía que en otras escuelas sí había mamparos que separaban las duchas y le fastidiaba que en la suya no hubiera. Sus compañeras, esbeltas y bellas, reían y se lanzaban el jabón unas a otras mientras Carrie permanecía en el medio, impasible, con su cuerpo robusto, sus granos en la espalda y en las nalgas, y su cabello descolorido chorreando y pegándosele a la cara.

¿La ven? Porque yo sí la estoy viendo.

Las compañeras empiezan a cambiarse mientras Carrie continúa en la ducha. Entonces alguien nota que un hilo de sangre corre por la pierna de Carrie… y empiezan las burlas. Cuando Carrie baja la vista y ve la sangre, grita. Una de las compañeras, Sue Snell, piensa: tiene dieciséis años, tiene que saber que tiene la regla.

Comenzaron a llover tampones y toallitas femeninas sobre Carrie. ¡Qué se tape, Qué se tape!, le gritaban.

Carrie comenzó a aullar y retrocedió protegiéndose con los brazos, gruñendo e hipando.

En ese momento entró la profesora de gimnasia, vio a Carrie berreando y, creyendo que tenía un ataque de histeria, le dio una bofetada. El resto de las chicas salieron del baño para evitar que la profesora las sancionara. La profesora le ordenó a Carrie que se limpie.

¡Me estoy desangrando! —gritó Carrie, levantó un brazo y tomó el short blanco de la profesora con la mano ensangrentada.

No parecía posible, pero Carrie White había llegado al tercer año de la escuela secundaria sin enterarse de qué se trataba la regla. Después de ayudar a Carrie, la profesora habló con el director y le dijo que lo mejor era que Carrie se fuera a su casa.

Por el camino a casa, Carrie se cruzó con un niño en bicicleta que se burló de ella y deseó que el niño se cayera de la bici. Eso sucedió de inmediato. Entonces recordó lo lamparita que había estallado en el baño mientras sus compañeras se burlaban de ella y el cenicero que había caído al suelo cuando la profesora la había llevado a la oficina del director. ¿Ella había hecho esas cosas?

Miró hacia una casa y observó el ventanal fijamente. Le pareció que el cristal se ondulaba, nada más.

Algunos dicen que ese día, Carrie no sólo entró en la pubertad física. También entró a la pubertad mental. Aprendió a —como ella misma lo definía— doblar la mente.

Al acercarse a su casa, le llegó la conocida sensación de temor-amor-odio. Su madre no estaba. Trabajaba en la lavandería hasta las cuatro de la tarde.

Se desvistió y pensó que tenía la cintura gruesa porque se sentía tan desgraciada y vacía que necesitaba llenar ese hueco con bombones. Pero podría dejar de comerlos y su cintura se afinaría y desaparecerían los granos. Podría arreglarse el cabello, comprar pantys y pantalones ajustados, hacerse faldas cortas y vestidos.

Podría estar viva.

Cuando su madre llegó del trabajo le contó lo sucedido y no pudo evitar preguntarle por qué no le había contado acerca de la regla. Su madre le golpeó en la mandíbula con el dorso de la mano y Carrie cayó al suelo.

—Levántate. Ahora eres mujer. Vamos a rogar a Jesús por nuestras almas de mujeres, débiles, perversas y pecadoras.

Arrastró a Carrie hasta el altar que había construido en la habitación de servicio.

—¡Eva no se arrepintió de su pecado carnal, ni tampoco lo hicieron todas sus hijas, y la astuta serpiente fundó sobre Eva un reino de prostitución y pestilencia!

—¡Mamá, deberías haberme dicho! ¡Ellas se rieron de mí!

Su madre la tomó del cuello y la empujó hacia delante. La cara de Carrie golpeó contra el altar haciendo tambalear las velas.

—Oremos

—Yo no pequé mamá. Tú lo has hecho. —Entonces la mente de Carrie encontró las palabras para expresar lo que sentía—. ¡Te acostaste con mi padre! ¡PUTA!

Su madre la lanzó dentro del armario, cerró de un portazo y giró la cerradura.

Carrie aguantó durante seis horas hasta que las ganas de orinar le hicieron llamar a su madre. En contra de lo que esperaba, su madre le abrió. —Otras veces la había dejado días encerrada—. Si no le hubiera abierto, hubiera intentado abrir la puerta del armario por sí misma. Creía que podía lograrlo.

Comenzó a hacer ejercicios. Doblar la mente, le llamaba. Movía el cepillo del pelo hasta el borde del tocador, dejaba que se balanceara en el vacío y luego volvía a ponerlo en su lugar. Control, ese era el secreto. Logró levantar la cama cinco centímetros y cayó de golpe. Mientras tanto, su corazón se aceleraba, los músculos de su cuello se le tensaban, la presión arterial subía y la temperatura corporal bajaba.

Soy una bruja, mamá. La prostituta del diablo.

El principio del fin fue cuando Sue Snell, apenada por su propio comportamiento en la escena de las duchas, tuvo la gran idea de pedirle a su novio Tommy, que invitara a Carrie a la fiesta de fin de curso.

El chico se resistió, argumentando que Carrie no aceptaría y que, de todas formas, no serviría para nada. Con eso no lograrían sacar a Carrie de su ostracismo. Sin embargo, Sue insistió. Le dijo que nadie era capaz de ponerse veinticuatro horas en la piel de Carrie White.

—¿Tú sí?

—No lo sé.

—Acepto, lo haré.

—¿De verdad?

—Sí. Te amo.

Sue se sobresaltó. Era la primera vez que él decía tal cosa.

Que mejor, entonces, para conocer más a Carrie, que la descripción que nos da de ella el mismo Tommy aquel jueves de mayo en que fue a invitarla para la fiesta.

En cuanto la llamó por su nombre, la chica levantó la vista y se echó hacia atrás, como si fuera a recibir un golpe. Él la miró por primera vez y se encontró con que Carrie estaba lejos de ser repelente. Cara redonda, ojos oscuros, cabello rubio peinado hacia atrás con un moño que no la favorecía. Labios gruesos casi exuberantes y dientes de color blanco natural. Su cuerpo seguiría siendo una incógnita, ya que un amplio jersey y una larga falda estilo 1958 lo ocultaban. Sólo se podían ver unas bonitas, fuertes y redondeadas pantorrillas que unos gruesos calcetines no lograban esconder del todo.

—No me gusta que me hagan bromas. ¿Creéis que me vais a tomar el pelo toda la vida?

Esa fue la contestación, lo que obligó a Tommy a esforzarse. Llevó a Carrie aparte y la convenció de que no era una broma.

—Será una pesadilla, pero iré.

Aunque Tommy, Sue, y ni siquiera la misma Carrie, lo sabían, el daño ya estaba hecho.

Hago un inciso para preguntarme cuando ocurrió esta historia. Según los medios de comunicación ocurrió en 1979, pero resulta que fue publicada en 1974. La realidad es que el autor “la vio” en 1971. Una prueba más de que el tiempo no es lineal.

La cuestión es que cuando Carrie volvió a su casa esa tarde, dobló su mente de nuevo.

El escritorio se elevó en el aire, se estremeció un momento y se alzó casi hasta tocar el techo. Lo bajó. Lo subió. Lo bajó. Luego la cama, incluyendo su propio peso. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Como un ascensor.

El entrenamiento progresaba muy rápido. Sabía que ese sábado tenía que ponerse a hacer el vestido si quería tenerlo listo a tiempo. Pero antes tenía que decírselo a su madre.

—Tommy Ross me ha invitado al baile de fin de año…

Su madre le arrojó el contenido de la taza de té a la cara.

—Al armario

—No.

Ms White se levantó para golpearla pero la mano se detuvo en el aire. El plato de la tarta se separó súbitamente de la bandeja, voló por la habitación y se fue a estrellar junto a la puerta del living.

—Voy a ir al baile, mamá.

—¡Bruja!

Carrie bajó al sótano y se puso a hacer el vestido. Arriba, su madre rezaba el Exorcismo del Deuteronomio.

Chris Hargensen fue la única que no acató el castigo de una semana de arresto impuesto por el director de la escuela por haber participado del episodio de las duchas. El arresto consistía en clases de educación física dadas por la misma profesora que las había descubierto lanzando tampones a una chica asustada. Su padre, un abogado reconocido, fue a decirle al director que demandaría a la profesora por un empujón que esta le había propinado a su hija. El director, que ya se sospechaba lo que el tipo se traía entre manos, contraatacó diciéndole que la escuela demandaría a su hija en nombre de Carrie White por el ataque.

Cuando Chris supo que su padre no iría más allá de la mera amenaza, decidió que tendría que hacer algo por ella misma. No podía ser que esa puerca de Carrie White se saliera con la suya, más cuando se enteró de que Sue Snell había convencido al bueno de Tommy para que invitara a Carrie al baile. Envió a su novio, Billy Nolan, que tenía diecinueve años pero aún estaba en la escuela por haber repetido curso dos veces, a buscar sangre de cerdo a una granja en las afueras del pueblo.

Se puso el vestido por primera vez la mañana del 27 de mayo, en su habitación. Había comprado un sujetador especialmente para usarlo con él; levantaba sus pechos en la forma adecuada (aunque no lo necesitaban realmente), pero dejaba descubiertas las mitades superiores. Llevarlo le producía una sensación extraña, irreal, que era mitad vergüenza, mitad desafiante excitación.

Cuando su madre la vio con el vestido puesto, le dio otra pataleta. Carrie se limitó a empujarla con la mente hasta sacarla de la habitación. Luego cerró la puerta.

Faltaban veinte minutos para que Tommy pasara a buscarla. Carrie pensó que no vendría, que todo sería una broma, y se dio cuenta de que así sería mejor. Estar en casa siempre era más seguro. Incluso con su madre sabía a qué atenerse. Afuera podía pasar cualquier cosa. Se entretuvo levantando y bajando los muebles de la sala. Ya podía manjar seis objetos en el aire a la vez sin cansarse. También podía mover los autos que estaban estacionados.

Las siete y treinta y dos minutos.

(no va a venir)

(en este momento se está riendo de ti con sus amigos y dentro de poco pasarán por aquí en uno de sus ruidosos y veloces coches y escucharás bocinazos, gritos y risotadas)

—... y protégenos de las hijas rebeldes imbuidas con la testarudez del Malvado...

—¡Cállate! —gritó Carrie. Se produjo un silencio de sorpresa durante un momento y luego el murmullo de la salmodia se inició de nuevo. Las siete y treinta y tres minutos.

(entonces lo destrozaré todo)

Sonó el timbre.

Abrió la puerta y ahí estaba él, deslumbrante en su smoking blanco y sus pantalones negros. Se miraron y ninguno dijo una palabra. Ella sintió que se le rompería el corazón si él llegaba a producir siquiera un sonido de desaprobación, y si se reía, ella se moriría. Sintió —en forma real, física— que toda su desdichada vida se estrechaba hasta llegar a un punto que podía ser el final o el comienzo de un rayo de luz. Finalmente, impotente, preguntó:

—¿Te gusto?

—Eres muy bella.

Y lo era.

El párrafo que voy a pegar a continuación es largo, pero léanlo y saboréenlo, porque no tiene desperdicio. Párrafos como este, sin duda, son la causa de que unos editores sin escrúpulos hayan decidido publicar la novela de un joven y desconocido autor con cara de tonto: Stephen King. Además, es interesante saber que pensaba Chris Hargensen, en una de las “habitaciones especiales” del Cavallier, un bar de mala muerte a pocos kilómetros del pueblo, minutos antes de la fiesta.

El cigarrillo de Billy parpadeaba a intervalos en la oscuridad, como el ojo de un demonio inquieto. Ella lo observó pensativa. No le había dejado acostarse con ella hasta el lunes anterior, cuando le prometió que él y algunos de sus sucios amigos la ayudarían a darle su merecido a Carrie, si realmente se atrevía a asistir al baile con Tommy Ross. Pero ellos ya habían estado allí antes y habían tenido unas ardientes sesiones de besuqueo (lo que ella describía como amor a la escocesa y que él, con su inagotable capacidad para señalar precisamente lo vulgar, llamaba: joderse en seco). Ella había pensado hacerlo esperar hasta que hubiese hecho algo concreto. (claro que había hecho algo, tenía la sangre) pero todo el asunto había empezado a escapársele de las manos, y eso la preocupaba. Si ella no hubiese cedido de buena gana el lunes, él la habría poseído por la fuerza. Billy no había sido su primer amante, pero era el primero que no conseguía manejar a su antojo. Los muchachos anteriores habían sido marionetas inteligentes sin granos en la cara y con padres bien relacionados y tarjetas del Club de Campo. Conducían sus propios «Volkswagen» o «Javelins» o «Dodge Chargers». Iban a la Universidad de Massachusetts o al Bostón College. Llevaban chaquetas cortas en otoño y camisetas sin mangas, a rayas de colores brillantes, en el verano. Fumaban marihuana con mucha frecuencia y hablaban de las extrañas cosas que les ocurrían cuando estaban «volando». Comenzaban tratándola con un compañerismo protector (todas las chicas de secundaria, por muy bonitas que fuesen, eran consideradas unas nalgas locas) y siempre terminaban trotando detrás de ella con una jadeante lujuria canina. Si trotaban bastante y gastaban lo suficiente en el proceso, normalmente los dejaba acostarse con ella. Con frecuencia adoptaba una actitud pasiva durante el acto, sin ayudar ni entorpecer el desarrollo, hasta que todo había terminado. Más tarde, ella llegaba sola al clímax mientras veía el incidente como un episodio aislado, incrustado en su memoria.

Cuando Carrie y Tommy entraron al salón, todo parecía estar bien. Al punto que Tommy, quién tenía sus dudas, bromeó con uno de sus amigos mientras Carrie le contaba a una de sus compañeras cómo había hecho el vestido.

—Eres Galatea —le dijo Tommy.

—¿Quién?

—Leímos algo sobre ella en el curso de Mr. Evers. Una chica desdichada que se convirtió en una hermosa mujer y nadie la reconocía.

Carrie pensó un momento

—Quiero que me reconozcan —le contestó al fin.

Norma —otra de las lanzadoras de tampones— la reconoció.

—Estás tan DIFERENTE. —Le dirigió una extraña mirada furtiva que hizo que Carrie se pusiera nerviosa—. Estás ESTUPENDA. ¿Cuál es tu SECRETO, Carrie?

—Soy la amante secreta de Don MacLean.

 Tommy se rió con disimulo, pero rápidamente se contuvo. La mandíbula de Norma bajó un centímetro, y Carrie quedó asombrada de su propio ingenio y de su audacia. De modo que ése era el aspecto que tenía una cuando era víctima de una broma, como si una abeja le hubiese picado el trasero. Carrie descubrió que le gustaba que Norma tuviera esa expresión, aunque era muy poco cristiano.

Cuando la invitó por tercera vez, Carrie tuvo que confesar que no sabía bailar. No añadió que ahora que la orquesta de rock se había hecho cargo de la música por la media hora siguiente, se sintiera fuera de lugar girando por la pista y cometiendo un pecado. Tommy hizo un gesto de asentimiento y sonrió. Se inclinó hacia ella y le dijo que detestaba bailar. ¿Le gustaría dar una vuelta para saludar a los que estaban en las otras mesas? Sintió una turbación que subía rápidamente por su garganta, pero aceptó con una inclinación de cabeza. Sí, sería una buena idea. Él se encargaba de ella. Ella debería encargarse de él (incluso si él realmente no lo esperaba); era parte del trato. Y se sintió envuelta por la magia de la fiesta. Y, repentinamente, tuvo la esperanza de que nadie estiraría un pie a su paso ni le pegaría disimuladamente en la espalda un cartel que dijera «patee fuerte», que nadie le lanzaría un chorro de agua a la cara desde un clavel para luego retroceder corriendo mientras se escuchaban las carcajadas y los silbidos de los demás.

Y, si había magia, no era divina, sino pagana.

(mamá no puedo seguir cosida a tus faldas, he crecido)

Billy llevó a Chris a la pared lateral del gimnasio. De allí pendía una cuerda. Esa cuerda accionaba un precario mecanismo que él mismo había construido cuya función era volcar dos latas que contenían la sangre del cerdo sobre el rey y la reina de la fiesta cuando se sentaran en sus tronos sobre el escenario.

Cuando repartieron las papeletas, Carrie y Tommy se dieron cuenta de que estaban entre los candidatos.

—¿Por quién votamos? —preguntó Carrie.

—Al diablo con la falsa modestia. Votemos por nosotros mismos.

Lo que no sabía Tommy, era que Chris había movido sus contactos y muchos de los presentes ya sabían a quién votar.

Hubo un empate. En la segunda vuelta, la pareja de Tommy y Carrie ganó por un voto.

Los asistentes colocaron una capa sobre los hombros de Carrie y condujeron a la pareja hacia el escenario. Al sentarse en los tronos los aplausos arreciaron. A Carrie le temblaban las piernas. El sonido de los aplausos en sus oídos la hizo sentirse atontada, casi borracha. Una parte de ella estaba realmente convencida de que todo eso no era sino un sueño del que despertaría muy pronto con contradictorias sensaciones de pérdida y alivio.

—¡El rey y la reina del baile de gala de 1979! ¡Tommy ROSS y Carrie WHITE!

Ambas orquestas, en una súbita y vibrante coalición de rock y bronces, se lanzaron en la interpretación del himno de la escuela. El público se puso en pie y comenzó a cantar sin dejar de aplaudir. Eran las diez y siete minutos.

El himno de la escuela se escuchó como un rugido fuerte y compacto en el suave aire de mayo y Chris dio un salto como si la hubiera picado un insecto. Se le escapó un grito de sorpresa.

Con la frente altaaaaaaa, de nuestra Escuela Ewen...

—Adelante —dijo él—. Ya está allí. Sus ojos brillaron suavemente en la oscuridad. Una extraña semisonrisa había cruzado sus facciones. Ella humedeció sus labios. Siguieron con la vista el largo de la cuerda.

Chris se inclinó hacia delante y tiró de la cuerda con ambas manos. Durante un momento se deslizó en falso y ella pensó que Billy le había estado tomando el pelo todo ese tiempo, que la cuerda no estaba atada en ninguna parte, que colgaba en el aire. Luego se tensó, aguantó un segundo y después subió ásperamente entre las palmas de sus manos, dejando una delgada raspadura.

La música se detuvo. Hubo un compás de silencio. Entonces empezaron las risas.

Quedaron empapados. Carrie fue la que recibió más. Se veía exactamente como si hubiese sido sumergida en un balde de pintura roja. Permaneció allí inmóvil. No hizo un solo movimiento. La orquesta de Josie y sus Lunáticos, que estaba más cerca del escenario, recibió una rociada. El primer guitarrista tenía un instrumento color blanco, y quedó cubierto de sangre.

—¡Dios mío, si es sangre! —exclamó.

Carrie se puso de pie y saltó del escenario. La profesora de educación física intentó atajarla y una fuerza invisible la lanzó contra la pared. Carrie corrió hacia la salida, pero alguien le puso la zancadilla. Cayó y resbaló por el suelo con su vestido ensangrentado, dejando una larga huella roja. Volvió a levantarse, alcanzó la puerta y salió.

Tommy había corrido peor suerte. Una de las latas que contenía la sangre había caído, golpeándole la cabeza, y yacía inconsciente en el suelo.

Corrió por el césped que rodeaba la escuela hasta caer. Eso la hizo reaccionar y darse cuenta de que se había olvidado de algo: su poder. Ella podía doblar la mente y darles lo que se merecían.

Regresó a la escuela y cerró las puertas de golpe. Entonces vio las caras apretarse contra los cristales de las puertas. Se pisoteaban unos a otros. Algunos corrieron hacia las puertas de emergencia, pero no les preocupó que se escaparan. Ya habría tiempo para ocuparse de ellos. Entonces sintió las cañerías corriendo por las vigas del techo. Abrió los irrigadores. Fue fácil. El agua empezó a caer sobre los asistentes y sobre los amplificadores de los instrumentos musicales. Otra cosa también circulaba por el techo. Eran cables negros y largos. Empezó a moverlos y zarandearlos como serpientes hasta que uno de ellos se cortó y fue a tocar con el agua que estaba en el suelo.

El fuego empezó en los amplificadores, pasó al escenario, y de allí avanzó en todas direcciones.

Sue Snell estaba sola en casa cuando oyó las sirenas de los bomberos. Tomó el coche de su madre y salió a toda velocidad. Vio la escuela volar por los aires, arrastrando un nimbo de escombros en el que revoloteaban estructuras metálicas, madera y papeles. Pisó el freno y se bajó del auto. No sabía que aún faltaba lo peor. La explosión de la gasolinera la empujó hacia atrás, mientras la basura del camino pasaba junto a ella en una ráfaga enorme y caliente.

Los bomberos no pudieron hacer nada, porque se encontraron con que las bocas de incendio habían sido arrancadas. Según testigos, una chica con el vestido ensangrentado las había destruido con sólo mirarlas. Luego se había lavado la sangre con el chorro.

¿Qué hizo Carrie después?

Voló las otras gasolineras que había en el pueblo, y todos los transformadores eléctricos que encontró a su paso, dejando cables echando chispas en medio de las calles. Luego percibió la cañería central de gas que corría por debajo de la calle. La abrió de par en par. Gas saliendo y chispas, el resultado no podía esperarse demasiado. Una manzana entera voló por los aires, incluida la agencia de noticias que hasta ese momento estaba enviando informes de la situación, lo que provocó que el pueblo quedara aislado del resto del mundo.

Entonces Carrie se dio cuenta de que para rematar la tarea tenía que volver a casa.

Dentro de la casa, su madre había estado afilando un gran cuchillo de carnicero. Sabía que no le quedaba alternativa, que tenía que clavárselo a la bruja. Oyó las sirenas de los bomberos. Luego se cortó la luz y esperó en la oscuridad con el cuchillo en la mano.

La puerta de entrada se abrió de golpe, y oyó los pasos en el vestíbulo. Los cuadros de Jesús, los apóstoles y el del juicio final, volaron y se estrellaron contra las paredes uno tras otro. Las ventanas explotaron.

La puerta de la cocina se abrió de un portazo y Carrie entró. Su cuerpo parecía haberse encogido y encorvado como el de una vieja. Su traje de fiesta colgaba hecho jirones y la sangre de cerdo se había comenzado a coagular y formaba estrías. Tenía una mancha de grasa en la frente y ambas rodillas en carne viva.

—Mamá.

—El pecado nunca muere —dijo su madre y sacó el cuchillo que tenía escondido entre los pliegues del vestido—. Con este mismo cuchillo quise matarte cuando naciste y cuando tenías tres años pero fui débil —levantó el cuchillo.

—Vine a matarte, mamá. Y tú estabas aquí esperándome para matarme a mí, mamá, yo... No está bien, mamá.

—Recemos.

—¡Mamá, ayúdame! —gritó Carrie, y cayó de rodillas con la cabeza inclinada y las manos levantadas en una súplica. Su madre se inclinó hacia delante y el cuchillo bajó describiendo un arco centelleante. Carrie, que quizás alcanzó a verlo por el rabillo del ojo, se echó hacia atrás violentamente y en vez de introducirse en su espalda, el cuchillo se le hundió en el hombro hasta la empuñadura.

La sangre empezó a juntarse alrededor de la empuñadura del cuchillo y a gotear sobre el suelo.

—Te voy a hacer un regalo, mamá.

—¿Qué vas a hacer?

Carrie vio el corazón de su madre en su mente. Un gran músculo rojo.

—¿Sabes cuál es el regalo, mamá? Lo que siempre has querido. Las tinieblas. Y el Dios que vive allí, cualquiera que sea.

—Padre nuestro, que estás en los cielos...

—Más lento, mamá, más lento.

—... santificado sea tu nombre...

—Siento cómo la sangre se aleja de tu corazón. Más lento.

—... venga a nos tu reino, hágase tu voluntad...

—Mi voluntad, mamá. Más lento.

—... así en la Tierra como... como…

Margaret White se desplomó.

Carrie miró el cuchillo que tenía clavado en el hombro y tocó el mango. Dolía mucho. Salió por la puerta trasera, atravesó los jardines y subió al terraplén de la ruta.

Después de tirar de la cuerda, Chris y Billy volvieron al Cavallier, el bar de la carretera que tenía habitaciones en el primer piso. Billy no esperó a que ella se sacara la blusa. Se la arrancó a tirones. Y cuando Chris se quejó, él le dio una bofetada, a lo que ella respondió con un buen puñetazo. Él se agachó y la embistió como un toro rabioso, su cabeza contra el abdomen de ella y la empujó a la cama. Chris aprovechó para arañarle la espalda.

Más que hacer el amor, descargaron su violencia el uno contra el otro, hasta que alguien les golpeó la puerta para decirles que el pueblo estaba en llamas.

Lo único que les preocupaba era saber si las huellas dactilares de Billy serían reconocibles después del incendio. Salieron del motel y subieron al coche.

Cuando Billy encendió las luces, Carrie White estaba frente a ellos.

Billy aceleró a fondo y soltó el embrague. El coche se lanzó hacia delante pero, poco después, una fuerza invisible lo hizo girar hasta empotrarse contra la pared del motel, aún acelerando. Chris se golpeó contra el tablero y se desmayó. El tanque de gasolina se rompió y el fuego hizo el resto.

Carrie cayó a la carretera. Sentía que tenía fuego en el pecho. Giró y miró las estrellas.

Sue Snell siguió el rastro de sangre de Carrie al principio, luego no fue necesario, seguían una línea recta a través del campo hacia el Cavallier, que estaba ardiendo por completo.

Encontró a Carrie tendida de costado con el cuchillo que le sobresalía del hombro. Al principio pensó que estaba muerta. Le salía sangre por la boca. La tomó por el hombro sano y la puso de espaldas. Carrie gimió.

Sue pudo sentir su pensamiento y sabía que Carrie podía ver el suyo. Carrie vio que la idea de que Tommy la invitara al baile había sido suya.

(Por qué simplemente no me dejaste en paz)

Entonces Carrie se desconectó del todo. Ya no estaba. Había muerto.


Bueno, chicas y chicos, si llegaron hasta acá, no tengan dudas. Vayan ahora mismo a leer la novela completa. Es corta y, como ya adivinaron, muy intensa.

Los párrafos en cursiva están extraídos sin ningún tipo de permiso de la novela Carrie de Stephen King. El resto es la historia de Carrie contada a mi manera, porque Carrie fue una persona real, ¿no? ¿Alguien lo duda?

Gracias a todos



Fernando Fontenla Felipetti
23/03/2023